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Ya que vamos a hablar de teología, ese almacén compartido [1] de sabiduría divina y salvadora, supliquemos humildemente a nuestro grandísimo y maravilloso Dios, [2] de quien procede toda sabiduría y cálida generosidad, para que condescienda a iluminarnos en esta santísima empresa con la luz de su propio Espíritu eterno y nos guíe a toda la verdad, [3] de acuerdo con su propia promesa en Cristo Jesús. A continuación, si en este proyecto producimos, con la bendición de Dios, algo útil y sano, que Él muestre esa misma bendición suya como salvadora para los que van a leer nuestras cavilaciones nocturnas. De este modo, su gloria en todos nosotros puede establecerse más firmemente, y nosotros a su vez podemos crecer en Él, hasta que alcancemos la estatura propia del hombre maduro, y lleguemos a la plenitud de Cristo. [4]

En verdad, en todo tema que se trate, debemos tener cuidado de proporcionar primero las definiciones de los temas que se tratan, así como las ideas que indican esas definiciones, no sea que de alguna manera el argumento se desvíe accidentalmente de su curso previsto. Así pues, antes de pasar a hablar de la tesis principal, vamos a examinar en este capítulo tanto las definiciones como las ideas que indican. Porque mediante esta vía, por así decirlo, pavimentada y de entrada abierta y conveniente a los asuntos que vamos a discutir, estamos seguros de que todo quedará mucho más claro para el lector.

Ahora bien, respecto al término teología, planteamos la siguiente definición:

Tesis 1: La teología significa o bien el discurso de Dios mismo, o bien el discurso o el razonamiento relativo a las cosas divinas. Para esta definición utilizamos las palabras de Agustín de La Ciudad de Dios (8.1). También hablaremos de la segunda acepción. [5]

En consecuencia, el significado de este término es doble, si observamos su etimología real. Ambas partes de la palabra se derivan del uso común en la lengua griega. Pues así como θεοπρόπιον [theoprópion] significa la palabra divina que Dios proclama, y θεοσημεία [theoseméia] es el signo divino que Dios da, así también la teología es el discurso que Dios mismo proclama en todas las cosas creadas. Y, sin embargo, el segundo significado siempre parece haber estado más en uso en el idioma griego, a saber, que por el término teología debemos entender el discurso real que se pronuncia sobre Dios, o el razonamiento sobre asuntos divinos. Esto es similar a la forma en que θεοσοφία [theosofía] se llamó la Sabiduría relativa a los asuntos divinos en los padres ortodoxos. Además, estos dos significados no sólo pueden corresponder al carácter propio de la teología, sino que también deben ser autoconsistentes y al mismo tiempo no estar sujetos a división. [6] Pero como ambas definiciones no pueden asignarse correctamente a este término en el mismo pasaje y, como dice el refrán, quedar confinadas por la fuerza de la palabra, hemos decidido explicar directamente el segundo significado, sobre todo porque Dios ha dicho antes de esto, o podría decir después, muchas cosas que de hecho tienen poco que ver con el tema principal de la teología. Porque la teología, como todo conocimiento, se refiere a asuntos comunes, pero el discurso de Dios suele referirse a asuntos particulares.

Por tanto, en esta cuestión de la teología, el primer punto que parece que debemos desentrañar es éste: si existe lo que comúnmente llamamos teología. Pues cuando se trata de los temas que tratamos en el discurso cotidiano, algunos existen en el ámbito de lo creado, mientras que otros no. Y algunos pueden ser conocidos mientras que otros no. Por lo tanto, discutiríamos en vano sobre algo que ni existe en sí mismo, ni puede ser conocido por el hombre.

Tesis 2: El tema mismo, así como el acuerdo de todas las naciones, demuestra que la teología existe. El tema lo demuestra, porque es cierto que Dios existe y que es el principio de todo lo bueno del universo; y Dios habla y actúa. El acuerdo de todas las naciones lo demuestra, pues todas reconocen, a la luz de la naturaleza, que la teología existe.

Ciertamente, se puede demostrar, por múltiples pruebas de la naturaleza, y bastante espléndidas, que la teología existe como consecuencia de aquella verdad cuyo significado acabamos de describir. Pero estos dos significados parecen convenir al discurso que pretendemos por ahora; los otros es mejor dejarlos, si Dios quiere, para otra ocasión.

La primera prueba son las materias propiamente dichas: es decir, la materia misma de la teología; en segundo lugar, está el acuerdo de todos los pueblos, y el conocimiento natural de esa materia, en la medida en que esa materia puede caer bajo la inspección del conocimiento humano. Evidentemente, la teología debe ser considerada como un conocimiento de las cosas que existen, y es un conocimiento de tales materias en aquellos que las conocen, de acuerdo con su propio modo de ser y su aprehensión de estos mismos elementos. Por lo tanto, si Dios existe, y también conoce las cosas, entonces es necesario que digamos que Dios sin duda se conoce a sí mismo en relación con su propio modo de ser. Éste es, además, ilimitado, por lo que conoce lo ilimitado de sí mismo y lo hace evidentemente por conocimiento divino. Si Dios es el principio de todo lo que es bueno en el universo, concluimos muy correctamente de esto que todas las cosas creadas, que poseen el bien de conocer y entender a partir de ese principio universal, han sido dotadas al menos de algún conocimiento de Dios y de la teología. Por ello llegan a conocer individualmente ese mismo principio del que surgieron. Si Dios habla, también habla cosas que no sólo son específicas, sino que también se relacionan comúnmente con un verdadero conocimiento de sí mismo; y si, finalmente, actúa como Dios hacia todas sus criaturas y ha estampado en algunas de estas marcas vagas de su majestad, mientras que a otras les ha concedido su imagen segura en su propia naturaleza, entonces es totalmente necesario que exista la teología. Las cosas creadas pueden percibir la teología por medio de su comunicación, y Dios puede guardarla para sí mismo tan completamente que no puede ser comprendida ni explicada en proporción a su valor, sino sólo tocada en proporción a la pequeña medida de nuestra debilidad. Por otra parte, así como afirmamos que la prueba de esa notable materia es la teología, así también todos reconocemos por la prueba de nosotros mismos y de nuestra naturaleza que la teología es una cierta clase de cosa. Pues si se examina la naturaleza según ese entendimiento común del universo, ésta proclama, en efecto, la gloria de Dios y, por así decirlo, grita con su voz, y con el dedo extendido señala ese discurso y razonamiento relativo a lo divino que llamamos teología. O si observamos la naturaleza compartida del género humano, tan grande es la luz de la naturaleza en ella, y tan familiar es el conocimiento innato que, como ha enseñado a todos los hombres que existe la teología y la sabiduría divina, así enseña que hay un Dios. O si nosotros mismos examinamos nuestra propia persona, y por así decirlo rastreamos hasta sus últimas profundidades esos retorcidos recovecos interiores y más ocultos de nuestra mente, no habrá nada en nosotros que no demuestre que la teología existe, y abruma muy evidentemente a los que dicen lo contrario. Tan grande es el poder de la naturaleza, tan grande el de la verdad.

Y así, estas cosas son bastante familiares para todos y han sido mostradas por Dios a los individuos de tal manera que ningún hombre, por muy rudo o inexperto que sea, y alejado de todo aprendizaje, puede desconocer que la teología que estamos discutiendo existe realmente. Sin embargo, las lecciones que nos enseña en común esa luz innata de la naturaleza, han sido oscurecidas en los hombres en particular por la ceguera y la debilidad de su propia naturaleza. Y la agudeza de nuestra mente se apaga en cierto modo, para que ningún individuo particular comprenda correctamente en cada uno de nosotros lo que la naturaleza común enseña. En consecuencia, sucede que vemos algo de la verdad como si fuera distante a través de la penumbra. Pero a través de estas sombras innatas que nos rodean, no vemos, sino de manera falsa, esa misma verdad de Dios que sí vemos.
Esto lo explicamos ahora de la siguiente manera:

Tesis 3: Aunque todos creen que la teología existe, sin embargo se habla comúnmente de ella de dos maneras [8]. Pues una teología es verdadera, la otra es falsa y opinable.

La verdad del asunto ha producido este equívoco que aquí hemos establecido, cuando se compara con nuestro propio juicio y percepción viciados y erróneos. Porque, en efecto, de la verdad del asunto surge que la sabiduría de las materias divinas existe, cualquiera que sea en última instancia y de qué clase, y también se dice que es verdadera. Pero como consecuencia de la perversión de nuestro juicio y, con el sedimento de nuestros sentidos, por así decirlo, eliminando los gustos espirituales de nuestras mentes, sucede que también en este asunto tan grave (como en otras cosas) abrazamos algo falso en lugar de lo verdadero. Y así, según la verdad del asunto, se dice que algo totalmente verdadero es la teología, nombrada sin equívoco. Pero según la opinión humana, algo a lo que hemos llegado por nuestro juicio degradado y desconcertado también se denomina teología por equivocación. A esto lo llamamos falsa teología, sujeta a la opinión. Es falsa, porque está alejada "por todo el cielo" (como se dice) de la verdad del tema que pertenece propiamente a la teología. Está sujeta a la opinión, porque se basa en la opinión solamente (si es que tal cosa es propiamente "descansar") en nuestra mente e imaginación, creando sueños y juegos sin paliativos en lugar de la verdad, e ídolos y tragelaphs [9] en lugar del verdadero Dios.

Ahora bien, no es mi intención decir mucho sobre la teología que es falsa y sujeta a opinión, ya que el trabajo gastado en buscar la verdadera es muy beneficioso, y el error es muy peligroso. La labor de buscar teología falsa no tiene sentido, y un error en este sentido [10] está lejos de tener una consecuencia grave. Sin embargo, para que pueda decir algo sumariamente sobre esto último, tanto en cuanto a la elucidación de esa similitud de nombre, [11] planteamos lo siguiente:

Tesis 4: Hay dos tipos de falsa teología. Una es común, mientras que la otra es filosófica. La común es la que, descansando en los principios incompletos de nuestra naturaleza, no se eleva más por medio del razonamiento. La clase filosófica es la que, por un error de razonamiento, se ha disipado en conclusiones falsas y ha dado origen a una teología supersticiosa, natural y civil a partir de esos mismos principios.

En estas pocas observaciones, creemos tanto que el cuerpo único, por así decirlo, de la falsa teología puede ser abarcado, como que sus partes y miembros individuales pueden ser mostrados por separado. Pues su raíz (como diríamos) y la corona es lo que llamamos teología popular. Su tronco se sitúa en la teología filosófica, que desde ese punto se ha desbordado en tres ramas muy grandes y crecidas. Llamamos teología popular a la que es común a todos, ya que sus principios e intuiciones y preconceptos están comúnmente esbozados en nuestras mentes. Y no es disciplinada (como diríamos) por el cultivo del razonamiento ni crece cuando se le añade apoyo de otra fuente. Pero permanece inactivo en su propio estado y en sus ideas incompletas, y como si se asentara en el fango de su propia imperfección y corrupción natural.

Pero llamamos teología a la filosófica que, cuando el desarrollo de la razón y otras ayudas se han añadido a la común, tanto por dentro como por fuera, se eleva por un error de razonamiento y, por así decirlo, por un extravío de nuestra mente a conclusiones sobre los asuntos divinos que son totalmente falsas. Estas conclusiones también se alejan de la verdad de los asuntos divinos y de la obligación de nuestra piedad hacia Dios. Además, desde el momento en que el tronco, por así decirlo, comienza a surgir de esa raíz de la teología común, este tipo filosófico se extiende inmediatamente en esas tres ramas que he designado anteriormente por sus respectivos títulos: Es decir, teología supersticiosa, natural y civil. Esto está de acuerdo con la explicación que da Agustín de Varrón y Séneca en La Ciudad de Dios (6.5). Aquellos hombres dijeron que la teología mítica o supersticiosa es la que los poetas emplean especialmente para el placer dramático. La teología natural o física es la que emplean los filósofos para comprender el mundo y buscar su verdadera naturaleza en sus propias prácticas y actividades académicas. Por último, la teología política o civil es la que emplean los hombres más poderosos, para poder establecer ciertas leyes de los estados y repúblicas por la autoridad de la religión [12]. El placer ha producido el primer tipo de teología. La segunda, el estudio de la naturaleza. La tercera proviene de la utilidad pública para establecer la sociedad humana.

No se puede creer cuántos y cuán diversos son los tipos de errores en todo tiempo y lugar que estos tres tipos de teología han difundido, hasta que Dios reveló graciosamente su propia verdad. Pero como hemos determinado tratar muy poco en este lugar de lo que es falso, es más bien mi intención explicar la verdad de esa teología salvadora, sobre todo porque toda una serie de autores se han ocupado muy diligentemente de todo ese bosque de falsa teología. También porque Agustín, en tres libros de La Ciudad de Dios, el sexto, el séptimo y el octavo, la ha derribado de manera muy edificante y cuidadosa. Pasando, pues, por la discusión de la falsa teología, que no es otra cosa que la opinión y la sombra de la sabiduría que se aferra a una u otra cosa en lugar de los asuntos divinos, pasando, digo, por lo que es falso, procederemos a la definición e investigación de la verdad, con Dios como guía.

Anotaciones
1. Más tarde Junius utilizará como sinónimo de tesauro el más infrecuente penus.
2. Deum optimum maximum recuerda al título romano Jupiter Optimus Maximus. Cf. Cicerón, Pro Sexto Roscio Amerino 130.
3. Cf. Juan 16:13.
4. Cf. Efesios 4:13.
5. Agustín: Neque enim hoc opere omnes omnium philosophorum vanas opiniones refutare suscepi, sed eas tantum, quae ad theologiam pertinent, quo verbo Graeco significari intellegimus de divinitate rationem sive sermonem.
6. ἀχωρίζως.
7. El latín tiene aquí un sentido tan paradójico como el inglés: non nisi falso videamus illam ipsam quam videmus veritatem Dei.
8. ὁμωνύμως-es decir, de forma homónima, es decir, mediante un homónimo.
9. Tragelaphos, es decir, "vaca sagrada". Se trata de una criatura mitológica mitad cabra.
10. Es decir, perseguir la falsa teología.
11. homonimia: a diferencia de lo anterior, donde Junius utiliza el griego mismo, aquí emplea una versión latinizada de la forma griega.
12. Aquí hay un error en el latín, como han señalado tanto Kuyper (47) como Merula (1376): "ut civitatum rerumque publicarum leges quaedam [sic] Religionis auctoritate stabilirent". Lo más natural es tomar potentiores de la cláusula anterior como sujeto de stabilirent y leges como objeto. Quaedam, sin embargo, no puede ser acusativo femenino y por tanto no puede modificar a leges. Si tomamos leges como sujeto, el verbo transitivo stabilio no tiene objeto. Por lo tanto, Junius o bien toma stabilio de forma intransitiva -lo cual no tiene precedentes que yo conozca- o bien quaedam debería ser quasdam, con leges, o quadam, con auctoritate. He optado por lo primero.

Extraido de Franciscus Junius, Tratado sobre la verdadera teología: con la vida de Franciscus Junius , trad. David C. Noe (Grand Rapids: Reformation Heritage Books, 2014), pág. 122-127, http://www.juniusinstitute.org/companion/junius_de_vera/

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